Habíamos quedado en la plaza de Ópera para tomarnos un café, ese eufemismo que significaba que estaríamos toda la tarde hablando de millones de cosas. El otoño de Madrid nos estaba regalando temperaturas veraniegas, así que decidimos sentarnos en una terraza de las muchas que pueblan la plaza de Oriente.
- Mejor en la callecita ésa, que hay menos gente.
- Sí, perfecto, con tal de que nos dé el sol...
Así que nos encaminamos a una de las calles, la de Felipe V, que salen de la plaza. Y nos sentamos mirando ambas al imponente Palacio Real. El camarero tardó dos segundos en acercarse para tomarnos nota: café solo con hielo para una y agua mineral con gas para la otra. Poco después ya estábamos nosotras entregadas a la charla con nuestros pedidos sobre la mesa...

Pasado un buen tiempo, vi acercarse al camarero. No era la primera vez que en esa zona te piden que les abones la cuenta porque hay cambio de turno y deben dejar la caja hecha para el siguiente, así que no me sorprendió. Lo extraño fue que, en lugar de escuchar esas palabras, oí las siguientes:
- Perdone, pero ¿usted no tiene un fotolog?
Mis ojos se abrieron de par en par...
- Sí, sí.
- Que es un espacio naranja, ¿verdad?
- Sí, claro, "El Rincón de Amelie".
- Eso, eso. Es que antes lo leía todos los días. Ahora ya hace meses que no, pero antes leía todo: sus viajes a Montevideo, el paisito, que estuvo también en Cuba...
- ¿Y por qué ya no lo ves más?
- Han cambiado mis circunstancias personales y ya dejé de entrar.
- Pero ¿lo conocías por algún amigo mío? ¿Tenemos algún amigo en común?
- Bueno, es una historia muy larga. Yo llegué a través de la página de alguien que venía de la página de alguien que venía de la página de alguien...
- Uf, pero qué emoción...
- Sí, sí, así leía "El País" todos los días, veía también su fotolog.
- Estoy acostumbrada a que entren mis amigos y sólo me deja comentarios la gente más cercana, pero una nunca es consciente de que puede entrar gente anónima y seguir las historias que aparecen ahí. Gracias por contarme todo esto.
- Llevaba un rato mirando, la he reconocido por la sonrisa. Después de tanto leer el fotolog, yo pensaba: ¿y si la encuentro algún día por ahí?
- Pues mira, al final nos hemos encontrado. Me ha encantado conocerte y, nada, si algún día te animas, vuelve al rincón naranja, porque sigue igual de cálido y acogedor...
Mi amiga y yo abandonamos esa zona y nos fuimos hacia el Barrio de las Letras, sorprendidas por la magia de la vida y de los encuentros.
Apenas 24 horas antes yo había estado hablando por teléfono con El Gato, una conversación pendiente desde que viajó a Montevideo y más después de los resultados del domingo. Él me había explicado alguna experiencia semejante a ésta, que a él le había saludado gente que lo había reconocido gracias a su blog. Y me hizo mucha gracia pensar que la anécdota del camarero y la terraza había sucedido el mismo día (28 de octubre) en que Iván y yo le dejamos nuestro primer comentario en su espacio. Y también me hizo recordar aquella dedicatoria que Gabriel me dejó en un libro sobre mi sonrisa y la Utopía. Mientras sigamos existiendo un@s cuant@s así por el mundo, todo es posible...
(La conversación con el camarero está reproducida más o menos fielmente; me he permitido la licencia de unirla -en realidad fue en dos tramos- y de omitir todos sus datos personales)