
El viernes era una jornada de trabajo como otra cualquiera; la única diferencia respecto al resto de la semana es que marcaba justamente el fin de ésta. Por fin llegaba el ansiado weekend para descansar (o, al menos, intentarlo en vísperas de esperadas visitas). De repente, una de mis compañeras me hizo un obsequio inesperado, sin venir a cuento, sin ningún motivo aparente. Y me emocioné: primero por el detalle; segundo, porque era un llaverito de ésos que suelen encontrarse en los puestos de la montevideana peatonal Sarandí o en los alrededores del Mercado de los Artesanos (y, por supuesto, dentro de éste), de ésos con muchos colores y con formas geométricas que imitan la obra del Joaquín Torres García.
- Entre las cosas de la mudanza, apareció esto y pensé que te gustaría, como siempre estás hablando de Uruguay... En realidad, no sé ni por qué lo tengo, supongo que me lo regalaría alguien alguna vez.
- ¿Pero no sabes lo mucho que me gusta Torres García?
- No, pero si yo no sé ni quién es. Mira, me alegra saber que algo que yo tenía guardado en un cajón y a lo que no daba ningún valor, a ti te haga tanta ilusión.
Efectivamente, ella no conocía a JTG ni mi obsesión por su vida y su obra. Me vi describiéndole su Museo (sobre la misma peatonal), hablándole de su estancia en Cataluña, contándole el mal fario que sobrevoló parte de su carrera, explicándole que le apasionaba la relación de la infancia con el arte y de cómo creó juguetes decorativos, narrándole cómo dejó muchos textos con sus reflexiones sobre un montón de asuntos, recomendándole que visitara el Reina Sofía (donde, afortunadamente, tenemos una sala con cuadros suyos).
Otra compañera (nuestra jefa, en realidad) se unió a la agradable charla, diciendo que le encantaba este pintor desde que lo había descubierto y que, hace poco, había visto cuadros suyos en París. Y mientras la primera, la que me hizo el regalo, empezó a bucear en internet y a maravillarse con lo que iba encontrando, yo explicaba que también me gustaba mucho el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, a lo que ésta respondió que estaba muy bien, pero que era muy triste.
En ese instante, confesé que, de alguna manera extraña, me atrapaba la tristeza, pero que en el arte muchísimo más y que, por eso, me gustaban tanto el tango y el fado. Debí añadir en ese momento que también por eso me sedujeron las calles de Montevideo y Lisboa.
Otro que se enamoró de esas rúas fue
José Saramago, cuya muerte conocí instantes después de ese intercambio artístico que detallaba antes. Dicen que la primera vez que fue a visitar a
Mario Benedetti, al que admiraba profundamente y a quien había conocido no hacía mucho tiempo, se sintió inmediatamente atraído por la capital uruguaya. Imaginando su sensibilidad y su alma portuguesa, supongo que identificó a la
dama de gris (como dice mi amigo
Gato) con la nostalgia que destilan las calles lisboetas, esa especie de decadencia y de tiempo detenido que te envuelven en una extraña ensoñación...
Y en esas mismas calles montevideanas alguien me habló de "Ensayo sobre la ceguera" justo unos días antes de que comenzara el rodaje de "Blindness", la película de Fernando Meirelles basada en esa novela de Saramago, en la Ciudad Vieja. Muy cerquita de "Imaginario sur", esa tienda adorable en la que pueden encontrarse muchos regalos artesanales con recuerdos de Torres García, el personal técnico del rodaje se las arreglaba para que un par de cuadras de la calle Colón pareciera ese lugar fantasmal que encuentran los personajes en un momento de la película.
Y todo esto venía porque ayer alguien me regaló un llaverito torresgarciano unos minutos antes de que Saramago se despidiera de este mundo...