"Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias..."(Konstantin Kavafis, "Itaca")
Hace nueve años aún no nos conocíamos. Bueno, miento, a Encar (la que está más a la izquierda) sí. Ella me daba clases de Historia del Arte en un centro cultural y, al final del curso, estaba programado un viaje a Grecia. Nada menos que a Grecia, la cuna de la civilización occidental, sus históricas ruinas, su mitología, su música, su literatura, su pensamiento... A esa excursión se apuntaron Selva y Rodolfo (en el centro de la imagen). Ella (uruguaya) y él (argentino) habían venido desde Buenos Aires a España para completar parte de sus estudios universitarios y, aunque no estaban anotados en ese curso, sí participaban en otras actividades del centro cultural, por lo que se enteraron del viaje helénico y se apuntaron.
El 4 de junio de 2000 llegamos a Atenas y, nada más repartir las habitaciones, Encar me pidió que me acercara a esta pareja para informarles de que los más jovenes (hay que decir que la mayoría del grupo estaba integrada por gente jubilada o, al menos, bien sobrepasada la cincuentena) teníamos pensado salir esa noche al monte Likavitos. Nada me dijo sobre su nacionalidad y yo, con mi habitual espontaneidad, me dirigí a ellos con una sonrisa y les dije: "¡¡¡Hola, soy Conchi!!!"
Ellos, por no dejarme en mal lugar, se limitaron a reír y a presentarse. Cuando escuché sus acentos, me sonrojé (por mi trabajo ya sabía que mi nombre no era muy habitual en Sudamérica o, en todo caso, lo era con diferente uso) y acepté las bromas. Desde ese instante, nos hicimos inseparables no sólo en ese viaje, sino en la vida.
En septiembre y octubre de 2001 (fue una despedida por tandas) dejaron España para embarcarse en la 'aventura' de Buenos Aires que les recibió nada menos que con el famoso 'corralito'. Jamás volvieron a la Vieja Europa...
El pasado jueves, un avión procedente de Bolonia dejaba en la T4 de Barajas a Selva y Rodo, que volvían a Madrid por primera vez en ocho años. Naturalmente, nosotros ya nos habíamos visto en varias ocasiones por mis frecuentes viajes al Sur (por placer, por acompañamiento o por trabajo, que de todo hubo en estos años), pero era la primera vez que yo les recibía en un aeropuerto.
Encar jamás viajó a Sudamérica. Por diferentes motivos que quedan, por respeto, en su intimidad. Ayer, ocho años después de aquella llorosa despedida, volvieron a reunirse. Y lo hicieron en mi casa, un espacio que, en aquel entonces, ni siquiera era proyecto. Ayer hubo brindis eternos, risas y lágrimas, abrazos, charlas sobre los viejos y los futuros tiempos... Ella fue la 'catalizadora' de aquel primer encuentro, de aquella primera charla, sin el cual no habría venido mucho de lo posterior, así que me gustó tomar su relevo y convertirme en la anfitriona, en la 'mediadora' de este reencuentro tan especial...
"Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas"
(Konstantin Kavafis, "Itaca")