
No sé quién tuvo la idea de llamar Nueva Roma a este barrio. Es lo más opuesto que alguien pueda imaginar a esa ciudad, otrora capital del imperio. Sus calles embarradas, sus pobres barracones y la miseria de sus gentes nada tienen que ver con un Coliseo, una Fontana di Trevi o una columnata en la plaza de San Pedro. Sin embargo, aquel flaco había sabido explotar el nombre de ese suburbio montevideano y el que sus padres le dieron en España, Miguel Ángel, para ponerle a su negocio “La Nueva Capilla Sixtina”. De boca en boca fue corriendo la noticia de que aquel taller de reparación de coches tenía unos frescos muy especiales y que mientras esperabas turno te sentías como en la gloria.
Miguel Ángel había vivido en Nueva Roma desde que tenía nueve años, cuando sus padres se trasladaron de Sevilla a Montevideo en busca de una vida mejor. Pero lejos del inevitable destino que imponía su artístico nombre, Miguel Ángel creció entre piezas mecánicas, grasa y suciedad, herencia del taller paterno.
“Lo de Luis” era el sencillo nombre que tenía aquel pequeño local y por el que era conocido en el vecindario, de donde no pasaba su clientela. No daba para mucho, pero al menos pudieron ir tirando.
Miguel Ángel debió asumir todas las tareas del taller y de la casa cuando sus padres decidieron volver a España para acabar allí sus días. Él había empezado a salir con Marta, una chica a la que conoció en una de sus escasas visitas a la Ciudad Vieja, y sentía que su lugar estaba ahí, en Nueva Roma. Pero, tras dos años de convivencia, Marta le abandonó. Se había enamorado de un compañero de laburo, le dijo, recogió sus cosas y se fue, dejándole en medio de una importante crisis en el negocio y, sobre todo, en una inmisericorde soledad.
Miguel Ángel cerró el taller durante varias semanas, en las que sólo se alimentaba con arroz –eterno compañero de desventuras- y tomando mate –porque siempre había yerba en casa-. Perdió varios kilos, se dejó crecer la barba y se abandonó por completo en el mantenimiento de la higiene. Sí, estaba deprimido. Ni siquiera era capaz de llorar. Nunca supo si aquello que sentía por Marta era o no amor, pero ahora extrañaba su presencia y, en plena soledad, suponía que con ella había vivido algo semejante a la felicidad.
Una tarde regresó del corto paseo que solía dar por el campito contiguo a la casa y, buscando una navaja para cortar unas cuerdas, encontró en un cajón una agenda de 20 años atrás.
“¿Quién mierda guardaría esto aquí?”, se preguntó y, tras comprobar que era de su madre, comenzó a hojearla.
Descubrió que, en lugar del santoral al que su vieja era tan aficionada, aquella agenda incluía una frase diaria para mejorar el estado de ánimo. Y leyó la que correspondía a ese 15 de octubre:
“La felicidad es como la neblina ligera: cuando estamos dentro de ella no la vemos” (Amado Nervo).
Se quedó meditando durante unos minutos.
“Y encima el pelotudo se llamaba Amado, hay que joderse”, murmuró para sus adentros y, después de cabrearse consigo mismo y con el resto de la humanidad, agarró una brocha que tenía tirada en el suelo y decidió pintarla sobre la ennegrecida pared.
“Para que nunca la olvides, boludo”, se dijo a sí mismo pensando en la oportunidad perdida con Marta. Jamás pudo culparla a ella, siempre encontró una excusa para autoproclamarse responsable máximo de la ruptura. Y ahora esta frase venía a ser su sentencia, un algo así como
“enterate de lo que tuviste y no supiste ver”.
Aquel siniestro lugar permaneció semiabandonado hasta que un día llegó Víctor, uno de sus clientes más fieles, que precisaba ayuda con la furgoneta. Miguel Ángel no tenía demasiadas ganas de atender al vecino, pero lo hizo por una cuestión de lealtad. Víctor, al verlo tan ruinoso, se preocupó por su estado y le ofreció una mano, pero Miguel Ángel le tranquilizó y dijo que todo pasaría. Aunque ni él mismo confiaba en eso.
María, la hija de Víctor, le acompañaba ese día al taller y decidió esperar en la salita que Miguel Ángel usaba como cocina y comedor. A pesar de la suciedad del lugar, se sentó en una de aquellas desvencijadas sillas de madera y comenzó a repasar los detalles. Al levantar la vista hacia la pared frontal, vio aquella frase de Amado Nervo que él, en pleno ataque de ira y tristeza, había copiado. Y se emocionó. Pensó que en aquel mísero lugar, había algo de belleza. Y se lo hizo saber.
Cuando Víctor y María se fueron, Miguel Ángel volvió a encerrarse en su salita y, en la soledad, empezaron a resonarle las palabras que había pronunciado la hija de su vecino.
“¿Qué belleza puede haber en este mugriento lugar?”, se dijo.
Pero releyó la frase y se dio cuenta de que, al igual que cuando se está dentro de la felicidad no se es capaz de visualizarla, su tristeza era un nubarrón tan negro que le impedía ver toda la vida alrededor. Y se le ocurrió una idea para reflotar su existencia.
Rescató aquella agenda y advirtió que, aunque había algunas frases que a él le sonaban medio tontas (por cursis), había otras que, de verdad, le hacían sentir mejor. Así que a la mañana siguiente decidió acometer las obras en su cocina-comedor. Primero hizo una profunda limpieza, después pintó de blanco las paredes y, una vez secas, se dedicó a copiar las mejores frases de aquella agenda.
“La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días” (Benjamín Franklin). Pensó que la anécdota con María había sido algo así, una pequeña gran cosa, así que esa frase estaría en la pared principal.
Y después de pintar en el muro contiguo que
“felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace” (Jean Paul Sastre) y que
“el hombre más feliz es el que hace la felicidad del mayor número de sus semejantes” (Diderot), encontró la que cerraría aquella especie de obra de arte que había montado en su salita. Le hizo reír tanto encontrarla, además, en el 14 de abril, fecha de su cumpleaños, que comprendió que todo aquello no era una casualidad. Sigmund Freud había escrito alguna vez que
“existen dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota y la otra serlo” y ahora él se sentía tan identificado con aquello que elegía adornar una de sus paredes con esa sentencia.
Antes de reabrir el taller de mecánica, Miguel Ángel invitó una tarde a María para que viese qué le parecía todo aquello que ella había inspirado. Se sintió muy feliz al escuchar aquellas palabras de su vecino y, cuando entró en la sala, sintió un cosquilleo que le recordó a aquel otro que experimentó dos años atrás cuando fue a visitar a su prima Giulia a Roma y visitaron juntas el Vaticano. Con una lágrima asomando a sus ojos, le dijo:
“ya que vivimos en Nueva Roma, esto bien podría ser la nueva Capilla Sixtina”.
Insisto en que no sé quién tuvo la idea de llamar Nueva Roma a este barrio, pero aquí sentada en la salita de Miguel Ángel mientras él termina de reparar nuestro coche, caigo en éxtasis leyendo estas frases sobre la felicidad y entiendo por qué lo bautizó “La Nueva Capilla Sixtina”.
(Aldebarán. Escrito el 6 de noviembre de 2007, corregido el 13 de noviembre de 2007)
.......Hay un taller en Paso de la Arena (Montevideo) que tiene esas frases en las paredes y alguien que se dedicó a copiarlas a partir de una vieja agenda.
El resto es pura invención, pero ese lugar y lo que sentí en él daba para crear un cuento como éste. Espero que lo disfrutéis...