
Sé que poca gente asumirá como algo normal la historia que voy a contar, pero la traigo aquí porque ha sido una de las cosas más bonitas que me han ocurrido en el viaje que he hecho por
Asturias estos días pasados. Siempre he tenido claro que el
caballo es mi animal favorito, pero el pasado jueves viví algo alucinante con este precioso ejemplar que veis en la fotografía.
Nuestra excursión de ese día pasaba por Fuente Dé, una majestuosa pared de 1.847 metros de altura en los mismísimos Picos de Europa (aunque en el lado de Cantabria) y a la que se accede gracias a un teleférico que salva los más de 750 metros de desnivel desde la plataforma (donde estamos en el momento de esta foto). Pero como se puede apreciar en la imagen, la terrorífica niebla nos invitó a no subir, no por miedo, sino por evitar un paseo inútil hasta una cumbre en la que no íbamos a poder divisar la cordillera (que es el mayor atractivo de ese paseo a las nubes, nunca mejor dicho).
Yo había comprado en Potes (un precioso pueblo cercano a esta montaña) una caja de galletas de la región para compartir en las alturas con mis compañeras de viaje, como si fuera un ritual de hermandad, así que cuando decidimos no subir, optamos por sentarnos a los pies de esa pared vertical a disfrutar de la impresionante vista y a completar ese 'aquelarre'. A pocos metros, un pobre caballo era acosado por turistas que se acercaban con el ánimo de hacerse fotos con él, de tocarlo, algunos incluso de molestarlo. Nosotras, a la distancia, observábamos su calma en aquel lugar que parecía creado para la más pura reflexión.
De repente un señor nos pidió que le fotografiáramos con su nieta junto al caballo, así que me levanté y, al acercar mi mano a la cabeza del animal para acariciarlo, abrió su boca y me pegó un pequeño mordisco en el antebrazo. No fue nada, es decir, no hubo herida, simplemente fue un toque (marcaje lo llaman quienes entienden de animales), pero fue suficiente como para dejar la señal perfecta de su diente y hasta un moratón alrededor. Cuando se lo conté a las chicas (su situación impedía ver lo que había pasado), todas dedujimos que había sido por el olor de las galletas que habíamos comido y que quizá alguna miga se había quedado sobre mi chaqueta (de color verde, como todo el campo a nuestro alrededor, para más inri). Pero cuando vi que me seguía y que ni siquiera echándole galletas al pasto para que las comiera dejaba de hacerlo, nos dimos cuenta de que lo que le servía como 'cebo' era mi famoso aroma a vainilla; era mi olor (impregnado en la piel y en la ropa) y no el de alimentos ajenos lo que le motivaba...
No convivo con animales, pero he tenido varias experiencias anímicas muy profundas con algunos. Creo que lo del jueves pasado tuvo algo que ver con esto. De alguna forma extraña, el caballo no vio en mí a una humana, sino a una igual, un ser con quien poder jugar y divertirse. Antes de mí no había 'atacado' a nadie ni lo hizo después. Sólo yo conseguí alterar su paz. Y eso sin pretenderlo...