Nunca he sido peregrina, aunque he soñado muchas veces hacer parte de ese camino, religioso o no, espiritual en cualquier caso, que desemboca en Santiago de Compostela...
Hoy he quedado con mi amiga Carol para tomar unas cervezas y ponernos al día después de un buen tiempo sin charlas. Más allá de que ha sido una gran velada, con mil y un temas, mil y un brindis, mil y una risas (y alguna que otra lágrima), me quedo con una metáfora que he usado en algún momento para hablar de la amistad.
Mientras hablaba con ella, me di cuenta de que, al igual que en el camino de Santiago, hay personas con las que inicias la jornada saliendo del albergue y caminas con ellas durante toda la jornada, otras con las que empiezas pero de las que te vas separando y otras a las que, por mucho que quieras acompañar, terminas dejando atrás, en la vida ocurre lo mismo con las relaciones personales.
Algunas personas forman parte importante de nuestra vida en alguna etapa del camino, pero después se apartan para dejar el lugar a otras; hay otras que tienen un paso más lento pero terminan encontrándonos en algún albergue donde terminamos la jornada; en cambio otras tienen tanto afán por llegar que jamás nos cruzaremos con ellas en otra residencia...
