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viernes, 30 de octubre de 2009

De sonrisas y utopías

Habíamos quedado en la plaza de Ópera para tomarnos un café, ese eufemismo que significaba que estaríamos toda la tarde hablando de millones de cosas. El otoño de Madrid nos estaba regalando temperaturas veraniegas, así que decidimos sentarnos en una terraza de las muchas que pueblan la plaza de Oriente.
- Mejor en la callecita ésa, que hay menos gente.
- Sí, perfecto, con tal de que nos dé el sol...
Así que nos encaminamos a una de las calles, la de Felipe V, que salen de la plaza. Y nos sentamos mirando ambas al imponente Palacio Real. El camarero tardó dos segundos en acercarse para tomarnos nota: café solo con hielo para una y agua mineral con gas para la otra. Poco después ya estábamos nosotras entregadas a la charla con nuestros pedidos sobre la mesa...




Pasado un buen tiempo, vi acercarse al camarero. No era la primera vez que en esa zona te piden que les abones la cuenta porque hay cambio de turno y deben dejar la caja hecha para el siguiente, así que no me sorprendió. Lo extraño fue que, en lugar de escuchar esas palabras, oí las siguientes:
- Perdone, pero ¿usted no tiene un fotolog?
Mis ojos se abrieron de par en par...
- Sí, sí.
- Que es un espacio naranja, ¿verdad?
- Sí, claro, "El Rincón de Amelie".
- Eso, eso. Es que antes lo leía todos los días. Ahora ya hace meses que no, pero antes leía todo: sus viajes a Montevideo, el paisito, que estuvo también en Cuba...
- ¿Y por qué ya no lo ves más?
- Han cambiado mis circunstancias personales y ya dejé de entrar.
- Pero ¿lo conocías por algún amigo mío? ¿Tenemos algún amigo en común?
- Bueno, es una historia muy larga. Yo llegué a través de la página de alguien que venía de la página de alguien que venía de la página de alguien...
- Uf, pero qué emoción...
- Sí, sí, así leía "El País" todos los días, veía también su fotolog.
- Estoy acostumbrada a que entren mis amigos y sólo me deja comentarios la gente más cercana, pero una nunca es consciente de que puede entrar gente anónima y seguir las historias que aparecen ahí. Gracias por contarme todo esto.
- Llevaba un rato mirando, la he reconocido por la sonrisa. Después de tanto leer el fotolog, yo pensaba: ¿y si la encuentro algún día por ahí?
- Pues mira, al final nos hemos encontrado. Me ha encantado conocerte y, nada, si algún día te animas, vuelve al rincón naranja, porque sigue igual de cálido y acogedor...
Mi amiga y yo abandonamos esa zona y nos fuimos hacia el Barrio de las Letras, sorprendidas por la magia de la vida y de los encuentros.
Apenas 24 horas antes yo había estado hablando por teléfono con El Gato, una conversación pendiente desde que viajó a Montevideo y más después de los resultados del domingo. Él me había explicado alguna experiencia semejante a ésta, que a él le había saludado gente que lo había reconocido gracias a su blog. Y me hizo mucha gracia pensar que la anécdota del camarero y la terraza había sucedido el mismo día (28 de octubre) en que Iván y yo le dejamos nuestro primer comentario en su espacio. Y también me hizo recordar aquella dedicatoria que Gabriel me dejó en un libro sobre mi sonrisa y la Utopía. Mientras sigamos existiendo un@s cuant@s así por el mundo, todo es posible...
(La conversación con el camarero está reproducida más o menos fielmente; me he permitido la licencia de unirla -en realidad fue en dos tramos- y de omitir todos sus datos personales)

lunes, 11 de agosto de 2008

Tirando muros...

Hace unos días, un compañero de trabajo hizo un chiste. No sé por qué, estaba metiéndose conmigo por alguna cosa que había hecho o dicho y me dijo "oye, suma pontífice". Sin que me diera tiempo a reaccionar, mi jefe, que había oído todo aquello, respondió -al tiempo que me miraba con toda la picaresca del mundo-: "pues mucha pinta de pontífice no tienes, la verdad". Aunque inmediatamente reaccionó y exclamó: "bueno, sí, si consideramos pontificar como tender puentes, ahí eres la primera".

En el Diccionario de la Real Academia Española, ninguna de las acepciones de pontificar tiene que ver con eso de tender puentes, pero me gusta eso de que la primera idea que yo puedo despertar sea la de constructora de puentes. A veces estamos tan encerrad@s en nuestra burbuja que no somos capaces de salir de ella ni siquiera de gritar pidiendo ayuda; en otras ocasiones nos contruimos unas altas murallas defensivas para que nadie se atreva a saltarlas, aunque nos pudramos de soledad dentro de ellas. Por eso es interesante esa idea de tender una pasarela hacia l@s demás, pero no una que actúe de puente levadizo, que en cualquier momento subamos y bajemos a nuestro antojo; si de verdad queremos establecer vínculos con l@s otr@s tiene que ser a través de los sólidos cimientos de esos puentes romanos o medievales de piedra que tenemos en la Vieja Europa.

Hace poco tiempo fui consciente (creo que ya lo era, pero una situación concreta en el aeropuerto de La Habana me dio para reflexionar sobre el asunto) de que una sonrisa puede ser el mejor pasaporte hacia las personas que tenemos alrededor. Y no sólo como carta de presentación, sino justamente como argamasa para unir las piedras de ese puente hacia el/la otr@. En otras ocasiones, no he tenido que hacer nada especial para que sean otras personas quienes tienden sus puentes hacia mí. Quizá sea cierto eso de que el cuerpo habla por nosotros y un simple gesto (como una sonrisa o una mirada) o la ausencia de él (como no tener los brazos cruzados) ayuden a que el resto de la gente se acerque a nosotr@s. Guardo espléndidas anécdotas de viajes (y cuentos) gracias a esa actitud. Algún día irán apareciendo por aquí...

Ya se acabó con aquella vergüenza de la Humanidad que era el Muro de Berlín. Tratemos de derribar otros que no son tan visibles, pero que son igualmente ignominiosos...