Hoy vino a casa mi amigo Carlos, quien por cuestiones de trabajo conoció Buenos Aires hace unos meses. Aprovechando su viaje, le encargué la única cosa que siempre pido a la gente que va para allá (o viene a visitarme desde allá): Quilmes Bock (o Stout, me vale cualquiera de las dos). En España se comercializa la rubia, pero justo es la que menos me gusta de las tres (debo reconocer que si estoy en Buenos Aires me sabe a gloria, pero mientras aquí tengamos Mahou no hay nada que hacer...)
En realidad debo confesar que he tomado Quilmes (rubia) en dos bares de Madrid por pura nostalgia, el Xaradonga -donde pasaban todos los partidos de Argentina durante el Mundial de fútbol de 2006- y el Pampa -un lugar muy cutre (palabra intraducible) donde se puede comer choripán con chimichurri y que está decorado con banderas y fotos de Boca Juniors-.
Hace mucho tiempo conocí a una mujer que llevaba el marketing de una empresa que se dedica a la importación de productos de países latinos, pensando en toda la inmigración que hay en España. Me decía que sus precios no eran ni mucho menos baratos pero que su negocio estaba en la nostalgia. En realidad, esa definición me pareció horrible, es decir, comerciar con los sentimientos de las personas, pero tenía toda la razón. A la gente no le importa cuánto tenga que pagar si puede sentir en su nueva residencia los mismos sabores que en su tierra. Recuerdo que el año pasado en Río de Janeiro nuestro técnico, Paco, y yo tuvimos un repentino antojo de un 'bocata' de calamares (uno de los mayores placeres en las tascas madrileñas). De la misma forma, comer aquí un choripán (aunque cueste 3 euros y sea en baguette) o compartir una Quilmes en la terraza de casa (aunque haya tortilla y no pizza para cenar) me lleva a lugares lejanos...
Como homenaje a esos viajes del alma, ahí va una foto de uno de mis rincones favoritos de la capital argentina, uno de los vagones del subte A, al paso por la estación Sáenz Peña...