domingo, 31 de agosto de 2008

Pendiente de un hilo

Fui a buscar una aguja en un pajar...
Me quedé colgada del hilo...

miércoles, 27 de agosto de 2008

La (nueva) Capilla Sixtina

No sé quién tuvo la idea de llamar Nueva Roma a este barrio. Es lo más opuesto que alguien pueda imaginar a esa ciudad, otrora capital del imperio. Sus calles embarradas, sus pobres barracones y la miseria de sus gentes nada tienen que ver con un Coliseo, una Fontana di Trevi o una columnata en la plaza de San Pedro. Sin embargo, aquel flaco había sabido explotar el nombre de ese suburbio montevideano y el que sus padres le dieron en España, Miguel Ángel, para ponerle a su negocio “La Nueva Capilla Sixtina”. De boca en boca fue corriendo la noticia de que aquel taller de reparación de coches tenía unos frescos muy especiales y que mientras esperabas turno te sentías como en la gloria.


Miguel Ángel había vivido en Nueva Roma desde que tenía nueve años, cuando sus padres se trasladaron de Sevilla a Montevideo en busca de una vida mejor. Pero lejos del inevitable destino que imponía su artístico nombre, Miguel Ángel creció entre piezas mecánicas, grasa y suciedad, herencia del taller paterno.
“Lo de Luis” era el sencillo nombre que tenía aquel pequeño local y por el que era conocido en el vecindario, de donde no pasaba su clientela. No daba para mucho, pero al menos pudieron ir tirando.


Miguel Ángel debió asumir todas las tareas del taller y de la casa cuando sus padres decidieron volver a España para acabar allí sus días. Él había empezado a salir con Marta, una chica a la que conoció en una de sus escasas visitas a la Ciudad Vieja, y sentía que su lugar estaba ahí, en Nueva Roma. Pero, tras dos años de convivencia, Marta le abandonó. Se había enamorado de un compañero de laburo, le dijo, recogió sus cosas y se fue, dejándole en medio de una importante crisis en el negocio y, sobre todo, en una inmisericorde soledad.


Miguel Ángel cerró el taller durante varias semanas, en las que sólo se alimentaba con arroz –eterno compañero de desventuras- y tomando mate –porque siempre había yerba en casa-. Perdió varios kilos, se dejó crecer la barba y se abandonó por completo en el mantenimiento de la higiene. Sí, estaba deprimido. Ni siquiera era capaz de llorar. Nunca supo si aquello que sentía por Marta era o no amor, pero ahora extrañaba su presencia y, en plena soledad, suponía que con ella había vivido algo semejante a la felicidad.


Una tarde regresó del corto paseo que solía dar por el campito contiguo a la casa y, buscando una navaja para cortar unas cuerdas, encontró en un cajón una agenda de 20 años atrás. “¿Quién mierda guardaría esto aquí?”, se preguntó y, tras comprobar que era de su madre, comenzó a hojearla.
Descubrió que, en lugar del santoral al que su vieja era tan aficionada, aquella agenda incluía una frase diaria para mejorar el estado de ánimo. Y leyó la que correspondía a ese 15 de octubre: “La felicidad es como la neblina ligera: cuando estamos dentro de ella no la vemos” (Amado Nervo).
Se quedó meditando durante unos minutos. “Y encima el pelotudo se llamaba Amado, hay que joderse”, murmuró para sus adentros y, después de cabrearse consigo mismo y con el resto de la humanidad, agarró una brocha que tenía tirada en el suelo y decidió pintarla sobre la ennegrecida pared.
“Para que nunca la olvides, boludo”, se dijo a sí mismo pensando en la oportunidad perdida con Marta. Jamás pudo culparla a ella, siempre encontró una excusa para autoproclamarse responsable máximo de la ruptura. Y ahora esta frase venía a ser su sentencia, un algo así como “enterate de lo que tuviste y no supiste ver”.


Aquel siniestro lugar permaneció semiabandonado hasta que un día llegó Víctor, uno de sus clientes más fieles, que precisaba ayuda con la furgoneta. Miguel Ángel no tenía demasiadas ganas de atender al vecino, pero lo hizo por una cuestión de lealtad. Víctor, al verlo tan ruinoso, se preocupó por su estado y le ofreció una mano, pero Miguel Ángel le tranquilizó y dijo que todo pasaría. Aunque ni él mismo confiaba en eso.
María, la hija de Víctor, le acompañaba ese día al taller y decidió esperar en la salita que Miguel Ángel usaba como cocina y comedor. A pesar de la suciedad del lugar, se sentó en una de aquellas desvencijadas sillas de madera y comenzó a repasar los detalles. Al levantar la vista hacia la pared frontal, vio aquella frase de Amado Nervo que él, en pleno ataque de ira y tristeza, había copiado. Y se emocionó. Pensó que en aquel mísero lugar, había algo de belleza. Y se lo hizo saber.
Cuando Víctor y María se fueron, Miguel Ángel volvió a encerrarse en su salita y, en la soledad, empezaron a resonarle las palabras que había pronunciado la hija de su vecino. “¿Qué belleza puede haber en este mugriento lugar?”, se dijo.
Pero releyó la frase y se dio cuenta de que, al igual que cuando se está dentro de la felicidad no se es capaz de visualizarla, su tristeza era un nubarrón tan negro que le impedía ver toda la vida alrededor. Y se le ocurrió una idea para reflotar su existencia.


Rescató aquella agenda y advirtió que, aunque había algunas frases que a él le sonaban medio tontas (por cursis), había otras que, de verdad, le hacían sentir mejor. Así que a la mañana siguiente decidió acometer las obras en su cocina-comedor. Primero hizo una profunda limpieza, después pintó de blanco las paredes y, una vez secas, se dedicó a copiar las mejores frases de aquella agenda.
“La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días” (Benjamín Franklin). Pensó que la anécdota con María había sido algo así, una pequeña gran cosa, así que esa frase estaría en la pared principal.
Y después de pintar en el muro contiguo que “felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace” (Jean Paul Sastre) y que “el hombre más feliz es el que hace la felicidad del mayor número de sus semejantes” (Diderot), encontró la que cerraría aquella especie de obra de arte que había montado en su salita. Le hizo reír tanto encontrarla, además, en el 14 de abril, fecha de su cumpleaños, que comprendió que todo aquello no era una casualidad. Sigmund Freud había escrito alguna vez que “existen dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota y la otra serlo” y ahora él se sentía tan identificado con aquello que elegía adornar una de sus paredes con esa sentencia.


Antes de reabrir el taller de mecánica, Miguel Ángel invitó una tarde a María para que viese qué le parecía todo aquello que ella había inspirado. Se sintió muy feliz al escuchar aquellas palabras de su vecino y, cuando entró en la sala, sintió un cosquilleo que le recordó a aquel otro que experimentó dos años atrás cuando fue a visitar a su prima Giulia a Roma y visitaron juntas el Vaticano. Con una lágrima asomando a sus ojos, le dijo: “ya que vivimos en Nueva Roma, esto bien podría ser la nueva Capilla Sixtina”.


Insisto en que no sé quién tuvo la idea de llamar Nueva Roma a este barrio, pero aquí sentada en la salita de Miguel Ángel mientras él termina de reparar nuestro coche, caigo en éxtasis leyendo estas frases sobre la felicidad y entiendo por qué lo bautizó “La Nueva Capilla Sixtina”.


(Aldebarán. Escrito el 6 de noviembre de 2007, corregido el 13 de noviembre de 2007)


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Hay un taller en Paso de la Arena (Montevideo) que tiene esas frases en las paredes y alguien que se dedicó a copiarlas a partir de una vieja agenda.

El resto es pura invención, pero ese lugar y lo que sentí en él daba para crear un cuento como éste. Espero que lo disfrutéis...

martes, 26 de agosto de 2008

Jamás firmaré un empate

La selección masculina de baloncesto de España estuvo a punto de dar la sorpresa el pasado domingo e imponerse a la de Estados Unidos en la final de los Juegos Olímpicos de Pekín. Los yanquis ya sabían que iban a llevarse la medalla de oro, pero nuestros chicos (para mí seguirán siendo siempre chicos, a muchos los vi empezar en el deporte de la canasta, mammmmma mía, cómo pasa el tiempo) salieron a la pista sin miedo a nada, luchando por ese sueño, aun sabiendo que sería poco menos que imposible.

Una de las cosas buenas que tiene el baloncesto es que no permite el empate, es decir, el partido siempre debe acabar con la victoria de un equipo y la derrota de otro. Aunque hay formas conservadoras de jugar, es imposible, como en el fútbol, apostarle a la igualada; siempre hay algo que arriesgar. Los chicos de Aíto García Reneses perdieron por 118-107, pero desde el principio del encuentro salieron a darlo todo, pensando en que, quizá, si había una posibilidad entre un millón había que luchar por ella.

"Ya no volveré a firmar mi rendición", cantaba hace ya 10 años Revólver en aquel concierto en el Parque de Atracciones. Aun a riesgo de pegarme el batacazo y de perder por goleada de 10-0 ó por una paliza de 140-70, sigo volando e intentando tocar el cielo. Sigo resistiéndome a pactar un empate. Quizá la medalla de oro alguna vez sea para mí...
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(La imagen corresponde a la costa occidental de Asturias vista desde el Cabo Vidio)

jueves, 21 de agosto de 2008

El cristal con que se miran las cosas

Hoy pensaba escribir sobre la tristeza que me provocó la jornada luctuosa de ayer, esas 153 personas muertas en el accidente de Barajas. Yo, que me he subido a tantos aviones, que he ido a tantos aeropuertos, que he dormido tantos sueños en el aire, me quedé petrificada al conocer la noticia y sobre todo al ver cómo iba subiendo la trágica cifra de familias afectadas por el dolor.

Y después de pasarme toda la tarde y toda la noche hablando sobre la importancia de vivir el presente y de mirar sólo hacia adelante, tuve la grata sorpresa de una conversación telefónica que confirmó toda esta teoría del optimismo. El fotógrafo Víctor Salas, compañero de trabajo en Santiago de Chile, fue agredido el pasado 21 de mayo por un carabinero cuando cubría una manifestación en Valparaíso. Aunque en un primer momento salvó el ojo (físico), faltaba por confirmarse que su visión no quedase afectada. Después de dos operaciones y a punto de afrontar una tercera, me puse muy contenta al escuchar su voz, su sonrisa, sus palabras transmitiendo vida. Me envió fotos de su 'flaca' y sus dos hijas, de esas mujeres de las que tanto me habló desde el momento en que nos conocimos pero cuya imagen desconocía. Y me contó cosas hermosas, pequeñas cosas, cosas cotidianas...

Aunque la vida tiene golpes duros, como los mejores boxeadores de la historia, hay que saber fajarse y tratar de esquivarlos o bien afrontarlos con los puños en alto y con la mayor entereza. Y esos momentos, sobre todo, deben hacer que disfrutemos con las pequeñas maravillas que nos ocurren a diario. Que un fotógrafo estuviese (o esté, porque aún no está excluida esa posibilidad) a punto de perder su visión (y más de la forma impune en que ocurrió) es grave. Que más de 150 personas hayan perdido sus vidas sin llegar al destino que pretendían al subir a ese avión es infinitamente peor. Pero siempre hay lugar para la belleza, siempre hay lugar para el amor, siempre hay lugar para las palabras lindas... Sólo se trata de mirar todo con otro color...

martes, 19 de agosto de 2008

Amor aroma

Sé que poca gente asumirá como algo normal la historia que voy a contar, pero la traigo aquí porque ha sido una de las cosas más bonitas que me han ocurrido en el viaje que he hecho por Asturias estos días pasados. Siempre he tenido claro que el caballo es mi animal favorito, pero el pasado jueves viví algo alucinante con este precioso ejemplar que veis en la fotografía.

Nuestra excursión de ese día pasaba por Fuente Dé, una majestuosa pared de 1.847 metros de altura en los mismísimos Picos de Europa (aunque en el lado de Cantabria) y a la que se accede gracias a un teleférico que salva los más de 750 metros de desnivel desde la plataforma (donde estamos en el momento de esta foto). Pero como se puede apreciar en la imagen, la terrorífica niebla nos invitó a no subir, no por miedo, sino por evitar un paseo inútil hasta una cumbre en la que no íbamos a poder divisar la cordillera (que es el mayor atractivo de ese paseo a las nubes, nunca mejor dicho).

Yo había comprado en Potes (un precioso pueblo cercano a esta montaña) una caja de galletas de la región para compartir en las alturas con mis compañeras de viaje, como si fuera un ritual de hermandad, así que cuando decidimos no subir, optamos por sentarnos a los pies de esa pared vertical a disfrutar de la impresionante vista y a completar ese 'aquelarre'. A pocos metros, un pobre caballo era acosado por turistas que se acercaban con el ánimo de hacerse fotos con él, de tocarlo, algunos incluso de molestarlo. Nosotras, a la distancia, observábamos su calma en aquel lugar que parecía creado para la más pura reflexión.

De repente un señor nos pidió que le fotografiáramos con su nieta junto al caballo, así que me levanté y, al acercar mi mano a la cabeza del animal para acariciarlo, abrió su boca y me pegó un pequeño mordisco en el antebrazo. No fue nada, es decir, no hubo herida, simplemente fue un toque (marcaje lo llaman quienes entienden de animales), pero fue suficiente como para dejar la señal perfecta de su diente y hasta un moratón alrededor. Cuando se lo conté a las chicas (su situación impedía ver lo que había pasado), todas dedujimos que había sido por el olor de las galletas que habíamos comido y que quizá alguna miga se había quedado sobre mi chaqueta (de color verde, como todo el campo a nuestro alrededor, para más inri). Pero cuando vi que me seguía y que ni siquiera echándole galletas al pasto para que las comiera dejaba de hacerlo, nos dimos cuenta de que lo que le servía como 'cebo' era mi famoso aroma a vainilla; era mi olor (impregnado en la piel y en la ropa) y no el de alimentos ajenos lo que le motivaba...

No convivo con animales, pero he tenido varias experiencias anímicas muy profundas con algunos. Creo que lo del jueves pasado tuvo algo que ver con esto. De alguna forma extraña, el caballo no vio en mí a una humana, sino a una igual, un ser con quien poder jugar y divertirse. Antes de mí no había 'atacado' a nadie ni lo hizo después. Sólo yo conseguí alterar su paz. Y eso sin pretenderlo...

miércoles, 13 de agosto de 2008

Hasta dentro de unos días...

Después de un mes casi sin descansar, por fin dispongo de cinco días libres y me voy a la querida Asturias, a ese norte verde y húmedo, mezcla de montaña y mar, tierra de rica comida y de esa sidriña cuya gracia está más en el proceso de escanciarla y verterla que en su sabor. Cuánta risa compartida en esos momentos...
Volveré el próximo domingo a Madrid (por aquí casi seguro el lunes) y desde ya quiero agradeceros a quienes visitáis habitualmente este espacio, a quienes os asomáis sólo de vez en cuando, a quienes dejáis firmas y a quienes no. Abrí este rinconcito querido con muchas ganas de contar y ahora me siento muy feliz de haber empezado. Un abrazo que os tiña de naranja a tod@s...

martes, 12 de agosto de 2008

Las lágrimas de San Lorenzo

Hace un par de años, estaba inmersa en una bella aventura literario-periodística alrededor del club argentino de fútbol San Lorenzo de Almagro. Aquella publicación, al menos hasta donde yo sé, jamás vio la luz, pero a mí me sirvió para llevar a cabo una preciosa tarea de investigación, de recopilación de datos, de consecución de documentos históricos, de carga importante de pilas (a veces algo tan necesario cuando estamos inmers@s en la rutina del día a día).

Anoche, en Madrid, pude asistir a esa lluvia de estrellas que todos los veranos (en esta parte del mundo) nos inunda y que suele conocerse por "las lágrimas de San Lorenzo" por coincidir, día más día menos, con la festividad de ese santo al que quemaron en una parrilla. En medio de la cotidianidad, otra compañera y yo nos escapamos y pudimos ver, con la complicidad de otro compañero en un lugar que no puedo mencionar (para que, especialmente, él no se meta en líos), unas cuantas estrellas fugaces. Yo sólo vi tres, y digo sólo, porque ell@s consiguieron ver alguna más. No pedí ningún deseo (más allá de los habituales), pero les conté que en Valizas (Uruguay) es habitual verlas cada noche, ya que no hay luz eléctrica alrededor que perturbe ese espectáculo de la bóveda celeste y basta con asomarse al exterior del rancho para dejarse envolver por la oscuridad y la permanente lluvia estelar.

Ya no lloro más por aquel San Lorenzo perdido. En cambio soy capaz de emocionarme ante la belleza más pura...